El Regalo del Bosque
Los bosques que rodean Matsukawa no son bosques para perderse en ellos. Los ancianos lo repetían con esa gravedad tranquila que tienen las advertencias que llevan generaciones siendo ciertas. Pero los niños son niños. Y las palabras de los ancianos pesan poco cuando el sol de tarde tiñe de dorado los helechos y el bosque parece, simplemente, un bosque.
Fue así como Hana Takahashi, la hija menor de Isamu, se adentró entre los árboles una tarde de otoño y encontró lo que no debería haber encontrado.
La muñeca estaba sentada al pie de un árbol centenario con la quietud de algo que lleva mucho tiempo esperando. Porcelana blanca, cabello negro lacado, kimono de seda naranja imposiblemente intacto para un objeto abandonado en la penumbra del bosque. Tenía los ojos entreabiertos y los labios curvados en algo que no era exactamente una sonrisa.
Pero tampoco era otra cosa.
Hana la tomó entre sus manos. Estaba fría. Mucho más fría de lo que justificaba aquella tarde templada de otoño. Se la llevó a casa. Y con ella, trajo todo lo demás.